viernes, 12 de octubre de 2012


…reconocemos como nuestro es el hogar que construimos con nuestras pertenencias, con nuestras vivencias y experiencias, con nuestro tiempo. En nuestra casa hay un momento especialmente mágico que coincide con el descanso después de comer. Es entonces cuando en los dí­as soleados se filtra a través de las cortinas una luminosidad especial que hace que todo reluzca. Las plantas de la terraza parece que crecen y simulan un jardí­n alejado de la ciudad, y el silencio se impone en una clara invitación a la lectura y al reposo. Mi hermano denomina a esos momentos “la hora Schumann”, en la que parece que el piano del compositor romántico suena sólo para nosotros. Cada uno puede disfrutar de su hora de retiro en exclusiva, y disfrutar de la singularidad de elementos que hacen que su casa sea única.


El libro que os presento nace de la necesidad de compartir una experiencia vital que tiene como objetivo construir un hogar, recuperar esencias y disfrutar de una vida mejor. Es una opción que implica un trabajo de servicio y que busca añadir a nuestras vidas cotidianas un plus, un envoltorio de regalo. Para que estar en casa sea un placer hay que invertir tiempo e ilusión.

 Extracto del primer capí­tulo de Dulce Hogar

Es una obra que va un poco más allá del género “housekeeping” (cuidados de la casa). Es más que un libro de consejos sobre gestión familiar: de manera leve, sin atosigar ni tratar de convencer a nadie, arma una interesante reflexión sobre el trabajo de la gestión del hogar que resulta de lo más convincente. Durante muchas generaciones las mujeres han tenido vetado el acceso a la vida laboral y social de una manera absurda y lamentable. No se les permitía tener libertad para elegir. Una mujer sólo podía ocuparse del pequeño mundo limitado por las paredes de su casa, mientras el hombre era el que se lanzaba al gran mundo exterior del trabajo, los negocios o la política. Así ha sido durante siglos. Con el cambio de mentalidad que acelera el final del franquismo, la mujer española se incorpora de manera efectiva al mundo laboral y social. Sin embargo, 30 años después observamos una paradoja: las mujeres anteriormente no eran libres de elegir si querían dedicarse a llevar la casa o trabajar fuera: sólo podían quedarse en el hogar. Pero ahora resulta que tampoco son libres: la espiral producida por la sociedad de consumo y la presión social hace que forzosamente ellas (y ellos) hayan de trabajar fuera. Económicamente se necesita un segundo sueldo en casa para pagar la hipoteca, el viaje a Eurodisney, el coche nuevo, la pantalla de plasma, las actividades extraescolares de los niños o la factura del móvil hace que quieran o no quieran, los dos componentes del núcleo familiar convencional hayan de trabajar fuera. Y también la presión social ha girado en sentido opuesto: si antes lo que estaba mal visto era que la mujer trabajara fuera (entonces era cosa de solteronas o machorras), ahora lo que está mal visto es que se quede en casa: es cosa de “marujas” (o peor “marujos”, mantenidos). De tal forma que de nuevo hay una pérdida de libertad.

Dulce hogar nos cuenta la experiencia de una mujer que es profesora en la facultad de ciencias de la información y que decide libremente proponer a su pareja dejar su trabajo exterior y quedarse a trabajar en casa al mando del hogar. Ambos generan riqueza al conjunto de igual a igual: uno aporta entrada de ingresos y el otro genera riqueza al administrar mejor el dinero y evitar pagos externos, además de sumar calidad de vida.. Pero lo mejor de todo es que la autora describe su trabajo con entusiasmo y orgullo, como un despliegue de actividad que tiene mucho de creativo, que requiere planificación, reflexión y un gran dinamismo. Tener una casa limpia que resulte agradable para estar en ella, ordenada de manera que se encuentre lo que se necesita en cada momento, con una oferta gastronómica saludable y variada para toda la familia a un precio asequible, una atención a las entradas y salidas de los niños… requiere una importante capacidad de organización, esfuerzo e inteligencia, además de generosidad porque es un trabajo que no sabe de fines de semana ni horarios .Aquí no hay fanfarrias sociológicas sino una reflexión a pie de obra que no elude la fregona y el Cristasol (bueno, ella que limpia sobre limpio al llevar al día la casa, prefiere agua y un paño limpio para repasar cristales). Un libro escrito por alguien que tiene la experiencia del hogar y una excelente capacidad para explicarse, que por fin hace justicia a generaciones de extraordinarias artesanas del hogar y que reivindica, para quien le apetezca, esa tarea tan útil como estimulante e incluso económicamente rentable. No es una solución infalible, puesto que ahí está la cuestión de resolver qué sucede cuando los niños se hacen mayores y las tareas se reducen drásticamente o la duda que planea sobre qué sucede si esa sociedad ideal de reparto de tareas se parte con un divorcio. 



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